Crónicas de viaje

¿Quieres ir a Alaska conmigo?

Parte 1 de 4 (Preámbulo a crónica en tiempo real): El Parque.

Conocí a Julio y me fascinó lo que hacía. Esculturas en hielo y “live action”, cosa que jamás había visto en México. Así que cuando me preguntó eso dije “por supuesto”, sin chistar. ¿Dinero? Se pide prestado. La visa y el pasaporte están a mi nombre. Y la ropa, nada que varias capas no solucionen.

Julio, a quien de ahora en adelante llamaré el Cavernícola, estaba impresionado por mi seguridad. Hey, no cualquier día te ofrecen un viaje con hospedaje y alimentos pagados. El avión era lo de menos, ¡debía aceptar!,  sobre todo, porque yo no conocía la nieve y quería hacerlo.

Me ahorraré los pormenores de un atropelladísimo viaje. Mi primer visión de Alaska fue indescriptible, las palabras se escapan de la mente al intentar siquiera pensar en una descripción. “Breathtaking” es el término correcto.

La magnificencia y la inmensidad de los glaciares hacen que te sientas diminuto, así me sentía yo, chiquita chiquita y muy segura en mi avión, volando por encima de kilómetros, tal vez millas, de hielo blanco, inmaculado.

Glaciares

Llegar a Anchorage fue una gran decepción. El aeropuerto era gris, no blanco como lo esperaba. Gris cemento, gris asfalto, con rayas amarillas, claramente pintadas sobre él. ¿Y la nieve? Qué importa, total que ni me iba a bajar en este aeropuerto.

Sin embargo, al llegar a Fairbanks, una ligera nevada nos recibió y al aterrizar el avión coleó de una manera tan terrible, que ya no me hizo tanta gracia ver las pistas tapizadas de blanca nieve. JA JA, se reía la madre naturaleza de mí.

fairbanks airport

Lo primero que atrapa el frío son los pulmones. Bueno, la nariz y luego los pulmones. Nunca había respirado un aire tan gélido, ni cuando me retaron a echarme toda la caja de Max Air a la boca. Por supuesto, no se siente tan terrible como esos chicles del diablo.

Mis jeans, sudadera y botas de piel no fueron suficientes para combatir el frío. Así que eché mano de la única chamarra disponible (la otra chamarra, más calientita, estaba en la maleta que se había perdido en el viaje… como de costumbre) y me la calcé antes de salir al estacionamiento.

En un principio, el paisaje era deprimente. Carreteras solitarias con montañas de nieve sucia a los lados. Blanco que no permitía diferenciar una tienda de otra. Pocas tiendas, de hecho. Pocos árboles. Y de pronto cambió. Una civilización acostumbrada al inclemente clima, gente en autos y deslizadores, tiendas abiertas y seguramente calientitas en su interior.

Llegar al parque fue una visión alentadora. Pinos y coníferas pobladas de cuervos negros y ruidosos, enormes aves que no me sacaron los ojos pero sí el corazón. Y los chinos trabajando en impresionantes masas de hielo cristalino, fue la primer idea que tuve de lo que me esperaba en los siguientes días.

chinos

Posteriormente conocimos el área de las esculturas, el estanque O’Grady, el área de campamento y trailer park y lo que se convirtió en mi medio hogar: el refugio de escultores, con su enorme calefactor, la cocina y el comedor, donde después descubriría que en Estados Unidos todo es cliché y los populares se sientan con los populares, los feos con los feos y los niños “de intercambio” también se sientan juntos y se hablan hasta 7 idiomas diferentes a la vez.

El ruido de las motosierras por todo el parque, a pesar de que la competencia aún no comenzaba, fue al principio algo molesto, pero que con el tiempo se convirtió en una sinfonía para mis oídos. Hoy, si me preguntan, extraño mucho ese sonido, que llegó incluso a arrullarme.

“¿Cómo se dice hola en chino?” me preguntó el Cavernícola. “Nihao”, respondí dirigiéndome a uno de los escultores, que respondió de vuelta. “Nejjjjjjjjjau” dijo Cavernícola, lo que dejó perplejo al chino, quien se limitó a mirarlo extrañado y luego a sonreir condescendientemente. Seguramente le dijo algo sucio, pero ni yo supe qué pudo haber sido.

Nunca aprendió a saludar correctamente ni en chino, ruso, mongol y francamente su español no era muy bueno tampoco.

La comida en el parque siempre fue abundante, así como la gente amable y cooperativa. Una de las delicias locales que llegué a probar, fue el chili de alce, caribú y reno. La de caribú era la mejor, definitivamente, con un par de cervezas Alaska Brew y un gran pedazo de pan de ajo. La mejor manera de combatir el frío era comiendo, y eso era lo que mejor se hacía ahí. Extrañamente, perdí peso y tonifiqué músculo en mi estancia allá. Pero más que nada fue porque cada mañana caminaba del hotel al parque, 15 minutos con las botas más pesadas del planeta, hundiéndose en 20 centímetros de nieve a la orilla de la carretera. Presenciar el amanecer en medio de la nada, te lleva a pensar en muchas cosas que tal vez el ruido de la ciudad no te permite.

Amanecer

El sonido del caminar propio es sobrecogedor, sobre todo por la noche. La oscuridad de Alaska es de verdad oscura. No recuerdo haber visto la luna muchas veces y los pasos sobre la nieve tienen un sonido característicamente tétrico. Uno se acostumbra a caminar en la nieve y a controlar el paso, pero el sonido no deja de provocar el mismo sentimiento, de que alguien viene atrás de ti.

Cuando la competencia comenzó, Caveman y yo nos sentíamos los mexicanos más chingones, que habían cruzado la Última Frontera para impresionar a todos con su talento. Oh, par de ingenuos, trepados en su ladrillito de adobe. Si bien yo ya había investigado sobre competencias pasadas y había visto fotos de las esculturas de años anteriores, nunca me había imaginado el trabajo que cuesta crear una escultura a partir de un bloque de hielo de 2 metros de alto, por metro y medio de ancho y metro veinte de grosor.

equipo

Los egos se nos desinflaron cuando notamos que no podíamos contra el allmighty hielo natural de Alaska, nada que ver con el hielo manufacturado de México, que se talla como mantequilla. El hielo de Fairbanks es apenas la costra que se le hace al estanque del parque (¿se imaginan una costra de metro veinte de grosor?).

¿Qué más se hace con el hielo? Imaginen que TODO en el parque está hecho con hielo. El escenario, la pista de hielo, el laberinto, las MEGA resbaladillas y encima, 30 y tantos locos del coco con sus herramientas de poder, creando hermosas esculturas, tan sólo en la primer competencia.

Escenario

Como escultor, te vuelves una atracción del parque. La gente bien enterada, llega a visitarlo desde febrero y miran cómo trabajas. Te hacen preguntas, te toman fotografías y te felicitan. Luego siguen su camino hacia las megaresbaladillas, los twirlies o el laberinto. Uno no puede dejar de sentirse celebridad, pero más bien es como ser el chico dentro de la botarga de Mickey Mouse en DisneyWorld. Reconocido, pero anónimo.

Integrarse a una comunidad tan interesante es increíble. Creo que eso diferenció mi experiencia de la del Cavernario. En actitud Big Brother “yo no vine aquí a hacer amigos, yo vine a ganar”, Cavernario no se involucró con los demás escultores, voluntarios y locales, de la misma manera que yo. Yo incluso entré a sus casas, conocí el estilo de vida de Alaska e incluso me enamoré de él. No había conocido gente tan increíble como la que poblaba el parque, tomando en cuenta la situación precaria que provoca vivir en un entorno tan agresivo. Tal vez por eso mismo son así. La unión hace la fuerza. Ser buen vecino. Ayúdame, que yo te ayudaré.

Ejemplo de esto sería cuando casi me da hipotermia. En nuestro segundo día ahí, mi primer día esculpiendo en toda mi vida, pasamos toda la tarde tratando de hacer dos tronos. A la hora de la cena (6 pm), entré al refugio sintiéndome desorientada. No sentía los pies ni las manos, pero no sabía si era por el frío o por la vibración de las herramientas. Me senté en una silla, con la mirada perdida en el suelo. De pronto, un hombre me preguntó si estaba bien. “No sé” respondí sinceramente.

-Pareces estar muy mal, ¿qué pasa?- me preguntó genuinamente preocupado.

-No siento las manos ni los pies.  Pero no me duelen.

El hombre tomó mis pies, sin ningún asco, y comenzó a masajearlos. Luego mis manos y después me tomó de la cara y me dijo “tienes que salir de este estado mental. Despierta”. Después me llevó a comprar guantes y calcetas apropiadas para el frío. Cuando ya iba en su auto, sobre una oscura carretera, es cuando me di cuenta que no conocía a este hombre, que nunca lo había visto en el parque y que si era un asesino maniaco, era demasiado tarde para escapar.

De pronto llegamos a la luz cegadora de una tienda. Sin decir nada, caminé tras él hacia el interior, aún perdida y confundida. Él encontró un teléfono celular en el suelo del estacionamiento, lo recogió y lo guardó en su bolsillo. Llegando a la tienda, una cajera lo saludó por su nombre, igual un vendedor y el gerente. Él le extendió el celular a la cajera y le pidió que se lo devolviera a su dueño, pues lo había perdido en el estacionamiento.

-Por cierto, soy Ricky. Tú eres P.Brux, ¿verdad?

Al menos ya sabía el nombre de mi salvador. Ricky resultó ser la persona más solícita y amable que llegué a conocer. Estaba encargado de la electricidad y la iluminación del área de escultores y era lo que se llama, todo un “handyman”. Ricky es un viajero que todo el año pasado se dedicó a recorrer los Estados Unidos en su moto, con nada más que una casa de campaña, una estufa portátil, un sleeping bag, una cantimplora y dinero para provisiones. Un viajero “de la vieja escuela”, todo un scout. Ricky nunca se cobró el favor, tal vez ni supo que me salvó la vida o por lo menos los dedos.

Como esa historia, puedo contar miles, que se extienden además a habitantes de otras partes del planeta. Fairbanks resulta punto de reunión de verdaderos artista de todo el mundo. China, Rusia, Japón, Mongolia, Francia, Polonia, Finlandia y ese año, México, entre otras naciones. Los mexicanitos, los novatos, un chico y una chica en su primer intento, tan cagados con sus herramientas desafiladas y su motosierras de navaja corta.

No puedo quejarme, haber sido mexicana y haber sido mujer me ayudó muchísimo, pero fue un orgullo incomparable sobresalir por ser quien soy. Por haber demostrado que si bien llegué por la comida gratis, me quedé por haber encontrado lo que quiero hacer con el resto de mi vida.

Continúa, siguiente entrega.

La pieza mexicana: sirenita con dos cabezas.

Foto: RhondaY. Konicky

2 Comments

  1. jojojo me suena un poco a “men in trees”

  2. Que chida experiencia. Se me enfriaron las patas de leerte.

    Ya que venga la otra entrega.

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