Argentina, una primera mala impresión.

La experiencia en Argentina comenzó de manera catastrófica. Yo, que era la primera vez que salía al extranjero, no me puse a pensar a dónde llegaría o cómo me transportaría del aeropuerto a la ciudad, por ejemplo. También fue mi primer viaje en avión, sobra decir que me sobresaltaba a cada turbulencia. Era un viaje de noche, con escala en Lima. No dormí ni un solo instante. No quería perderme ni un detalle de mi primer viaje en avión.
En Lima hicimos un chequeo de documentos en la aduana, mientras el avión repostaba combustible y demás. El aeropuerto estaba en obras en ese momento y todo era un caos. Pero sobreviví y pude continuar el viaje. El viaje México-Lima lo quise disfrutar para Mí, solo, así que no hablé con nadie porque además todo mundo iba dormido. En cambio en el trayecto Lima-Bs As, me tocó de compañera una chica Peruana. Ella era medianamente atractiva, voluptuosa y dijo ir de compras a Argentina. Por su charla, apariencia y respuestas, deduje que trabajaría en algún sector de servicios, servicios de compañía personal. Aterrizamos en Bs As al amanecer.
En la aduana no supe que responder a las preguntas de a dónde llegaría, dónde permanecería, si alguien me esperaba, etc. Después supe que podía haber respondido cualquier cosa. De cualquier modo, me dieron una visa de turista por 90 días. Mi estancia sería de 4 meses. Al fin estaba por vivir una experiencia que había deseado por años: La de permanecer en un lugar completamente diferente el tiempo suficiente para mezclarme con su gente, sus costumbres, sus lugares, pero no lo bastante como para sentirme uno más de ellos y hartarme de sus rutinas, sus achaques y sus penas.
Seguí a los demás pasajeros a la sala de entrega de equipajes y luego a la salida. Caminé por un largo pasillo y llegué finalmente a donde la gente esperaba a sus visitas o familiares. Para mi fortuna, habían enviado un auto con chofer. Vi mi nombre y el nombre de la empresa Argentina en un cartel y me presenté.
El chofer hablaba como un hombre culto. Hablamos un poco del motivo de la visita y su primera reacción fue de sorpresa. Me habló de la crisis y me recomendó un par de libros para conocer la historia del país. Me explicó que la avenida 9 de Julio, por la cuál transitábamos, era la más ancha del mundo, etc. Yo entendí la mitad de la charla por su forma rapidísima de hablar. Al llegar al obelisco dimos vuelta a la derecha, por Av. Corrientes. Nos habían conseguido un departamento en el Hotel De Las Naciones, a sólo un par de cuadras de la Avenida 9 de Julio, la más ancha del mundo. El departamento daba a la calle de Suipacha en el piso 13. La mañana era agradablemente fresca. Estábamos en el mes de Mayo, poco antes de la llegada plena del invierno.
Michell estaba dormido. Había llegado una semana antes. Me recibió con entusiasmo y me platicó maravillas de la oficina y de la ciudad. Me di un baño y nos fuimos a la oficina, yo sin dormir. No hice gran cosa es día, y por la noche, él quiso llevarme a caminar por la calle Florida. Primer error.
Caminábamos distraídamente, mi amigo contándome maravillas del lugar y de la gente, en su entusiasmo, aceptó la invitación de un tipo que a mí me dio mala espina desde el principio. Los seguí dos metros atrás. El tipo le habló de un bar a Michell y ahí los seguí. Era un bar de mala muerte, dedicado a estafar turistas en una calle menos transitada, a unas cuadras de Florida. El caso es que nos sentaron en una mesa e inmediatamente nos abordaron un par de chicas. Maduras, de unos 34 y no de mal ver. Empezaron a pedir bebidas y Michell seguía sin darse cuenta de nada. Luego llegaron otras dos chicas y nos empezaron a manosear. Pregunté que de qué iba todo aquello y dijeron que el tipo que nos había llevado debía habernos explicado. Les dije que no era así y que le mandaran llamar. Nunca apareció. A mí me habían servido un vaso de coca cola CALIENTE. Sin preguntar, así que dije que no quería tomar aquello. Una de las chicas se levantó ofendida y mandó llamar a un tipo, que nos llevó una cuenta por demás inflada en precios que incluía “nuestras bebidas” y las de las chicas. Interrumpí a Michell, que hasta entonces salió de su trance estúpido.
Alegamos lo que pudimos, pero no nos dejaron salir sin pagar la mitad de aquella cuenta. Unos 100 USD al menos. Salimos y yo estaba encabronadísimo. Además del dinero, por cómo habíamos caído en tal tomada de pelo. Anduve encabronado las 4 o 5 cuadras que nos habíamos alejado del hotel. Michell trataba de explicarme que no se había dado cuenta de nada. Yo iba llorando de impotencia. Al llegar a la puerta, le dije que estaríamos una larga temporada en la ciudad, que ya habría tiempo de conocer con calma todo y que necesitábamos racionalizar el poco presupuesto, que al menos en mi caso, contaba. Se disculpó y acordamos olvidar el tema y ser más cuidadosos. Nos dimos un abrazo y acepté su invitación a tomarnos una cerveza en un bar cercano que el ya había visitado y era de confianza. Así fue mi primer día en el extranjero, como el de un turista más. Los demás ya serían en un plan más parecido a una persona que ahí radica, una óptica que me gusta más.
Más adelante les contaré del BsAs laboral, cultural y popular.
La carne es débil pero sale cara. Suerte en los próximos días, esperemos que el nivel de estafa baje
Así pasa. Te tiene que ir mal al principio para apreciar las cosas…
vaya aventura, vas con una idea y acabas con otra.
Cuidado con Bs As, sobre todo en esa calle llamada Florida, algo demasiado barato te lo dan al doble o más.
suerte