Colonia a pie de guerra
Colonia del Sacramento (Uruguay) era lo que necesitaba para terminar mi viaje (Buenos Aires y Montevideo), como una transición entre vacaciones y la triste realidad. Colonia es un pueblito precioso y tranquilo, con gente amable que se encuentra a 50 kilómetros frente a Buenos Aires, en la otra orilla del Río de la Plata, en Uruguay. Dormí las dos horas y media en el autobús, desde un lluvioso Montevideo. Cuando desperté el sol había salido y el paisaje era verde. Mis ánimos subieron.
El hostal no estaba lejos caminando y, a pesar de venir cargando 26 kilos de maleta, traía mucha energía. Me instalé y salí a caminar por sus casas viejas. Atardecía y la gente tomaba mate en su portón. Al llegar al puerto donde están los barquitos, miré uno de esos atardeceres que inspiran a grandes poetas. A mi se me antojó una malteada de vainilla.
Su arquitectura portuguesa-española del centro está perfectamente conservada, sin duda me recordaba a Sintra y sus afueritas, mientras que sus faroles y casitas tienen ese aire español colonial que tanto hay por el centro de México.
Colonia definitivamente es para ir en pareja. Sus callecitas empedradas y sus restaurantitos alumbrados de velas o faroles son los ideales para tomar un Tannat (tinto uruguayo) o un medio y medio (tinto y blanco espumoso) con pasta.
Sin embargo, en el hostal había asado. La carne no estaba muy buena, pero sí la compañía: Dos porteños (hombre y mujer) y un gringo. Los cuatro viajábamos solos, por lo que durante la cena nos hicimos de esos one-night-friend de los que no recuerdas ni su nombre, por lo que en el futuro te referirás como el Gringo y los argentinos casi-enana y el no-estoy-casado.
Gringo llevaba 14 meses viajando, desde Chiapas hacia el sur. Se aventó todo sin planearlo y sin saber ni jota de español. Los argentinos andaban sólo de fin de semana. Casi-Enana era ejecutiva y una mujer viajada. Yo no soy muy alta, pero su tamaño era el suficientemente bajo como para que me tuviera que agachar para escuchar. Como 1.45 m, o algo así. No-estoy-casado era agente libre y casi no había salido de su país. Tenía un hijo y conforme pasaba la noche -y el alcohol- le iba bajando a los años que llevaba separado. Para mí que estaba casado.
Como sea, nos la pasamos bien. Sin duda, los litros de cerveza uruguaya -Pilsen- ayudaron. Pasamos la noche en el carnaval, el cual está muy lejos -pero mucho- de tener la espectaculariedad de Montevideo. Pero bueno, estaba en un pueblo y la noche era deliciosa. Comenzaron los típicos tambores de las murgas (con todo y perro), después un conjunto medio tropicalón y, al final, unos piratas que cantaban música como de protesta. Después me fui a dormir.
Por la mañana me despertó el estruendo de un rayo. Llovía a cántaros. Desayuné lo que comí prácticamente todos los días de viaje: pan tostado con dulce de leche (cajeta) o mermelada y café y esperé a que pasara la pinche lluvia. Afortunadamente, como a las once dejó de llover.
Caminar por sus calles son de esas experiencias que no te esperas. Es uno de esos pueblitos en los que su empedrado, sus flores, sus árboles, sus casas a medio pintar y sus calles en desnivel te proporcionan una armonía imposible de ser imitada. La gente se le ve relajada, tomando mate al atardecer. Amables y sonrientes. Todo es muy tranquilo, hasta los perros son unos flojotes.
Para ser un pueblo tan pequeño, Colonia tiene muchos museos (y sus entradas son muy baratas), donde hay desde fósiles, arqueología, historia y muebles que te remontan a esos años coloniales. Fiel a mis amados walking-tours, pagué uno con una guía embarazada. Mis compañeros de tour eran también latinoamericanos. Sobre todo las señoras eran muy, muy latinas. De ésas que le dan significado al cliché de el calor latinoamericano, ya que terminaban de hablar con un corazón, mamita o papito. Y por supuesto abrazaban a la embarazada cada que podían, por el milagro que dios le mandó.
Cuando se acordaba que estaba trabajando, la embarazada nos contaba la historia de su ciudad y sus calles. Historia que me dispongo a contar:
Colonia fue fundada por portugueses en un tiempo que los españoles ya estaban del otro lado del río. Así que la historia de amor y odio que tuvieron España y Portugal durante esa época de conquista, la vivió Colonia muy de cerquita. Los portugueses se encerraban -literalmente, con una muralla- en unas cuantas calles y a pocos metros vivían los españoles. Cuando se acordaban que tenían que pelearse por su rey, agarraban la escopeta y sacaban a los españoles -o portugueses- del sueño que producen esos veranos en diciembre del sur. Pero como las estaciones en el norte están cambiadas, nada más les daba frío a los portugueses o españoles, volvían. Total, era el cuento de nunca acabar. Al final, más que por una negociación diplomática que por una victoria militar, España se quedó con la ciudad.
Después de comer pizza con cerveza, y comprar mi dotación de vinos uruguayos y mate, a las tres de la tarde partí en Buque Bús de los rápidos a Buenos Aires. Una hora después estaba desembarcando en Puerto Madero, tomando el taxi para salir a las once de la noche rumbo al DF y así poder alcanzar el autobús de las 7:00am a Querétaro y llegar 2 horas tarde al trabajo.

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me sorprende que no destrozes a colonia tanto como lo hiciste con montevideo criticando cada cosa! por suerte es poca la gente que como vos critica todo de montevideo…encima decis cosas que no tienen sentido como por ejemplo “no son tan lindos como los argentinos” me gustaria que expliques como gente que proviene de los mismos lados es tan diferente…entre otras cosas…sin dudas vos debes de venir de un pais del primerisimo mundo ya que todo te parece cutre…madre santa lo que hay que leer por internet.
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