Crónicas de viaje

Combo ganador de semana santa: nieve + islas xochimilcas

Combo ganador de semana santa: nieve + islas xochimilcas

A la semana santa por estas latitudes muchos la esperan con ansía por varias razones; ya para salirse dos días de sus oficinas y subirse a un coche que los lleve a un lugar con litoral o de perdida alberca, o ya para ir a contemplar a un señor ensartado en una cruz de madera.

Yo, en cambio, espero la semana santa por razones gastronómicas que tienen nombre y dirección: la Feria de la Nieve en Santiago Tulyehualco.

En el 2006, conducido de la mano firme de unas amistades caducas, las hermanitas Rigual, conocí por primera vez la feria.

- ¿Cómo es que perdí 33 años de mi vida sin saber que existía este evento maravilloso? – dije cuando me enteré que la feria tiene raíces prehispánicas a decir de sus promotores.

Desde entonces he procurado asistir todos los años (excepto el pasado en que a mi mujer se le ocurrió la dantesca idea de ir a contar las iglesias de Cholula -material de un futuro post en este blog-).

Hay varias maneras de llegar. Una es por av. Tláhuac que es por donde me llevaron las hermanitas Rigual hace cinco años, pero habitantes de aquellas regiones no recomendaban ese trayecto debido a las obras del metro; por lo tanto, abrazado a una guía roji y encomendándome a mis superpoderes de orientación, conduje a mi mujer, a mi hermana, a su marido y a su criatura por av. Prolongación División del Nte y luego rumbo al centro de Xochimilco, al que sorteamos por calles diminutas, hasta llegar a la Antigua Carretera Xochimilco – Tulyehualco y a la Parroquia de Santiago Apóstol en Tulyehualco.

El recorrido por el centro de Xochimilco tuvo la ventaja grandísima, sobre el recorrido por av Tláhuac, que lo efectuamos transitando al lado de canales y chinampas antiquísimas. También tuvo la desventaja de que a mi hermana y a su marido se les antojó subirse a una trajinera.

- Primero a la feria de la nieve – ladré.

Ya en Tulyehualco es fácil saber para dónde queda la Feria. Si preguntan a cualquiera que vaya pasando por la calle para dónde está la Feria de la Nieve les señala la parroquia y les dice “atrás”. Muchos de los locales con casas de terreno amplio abren esos días sus portones para que los visitantes dejen sus coches a cambio de 25 pesos.

Las visitas a la Feria de la Nieve conviene realizarlas temprano: llegar ahí antes de las 11 de la mañana. Para desayunar no sólo hay puestos de nieve de sabores, también hay de garnachas; las quesadillas de masa azul, bajadas con un chileatole son la onda.

Aquí va otra recomendación, sean frugales con el desayuno porque el chiste de visitar la feria es meterse en la panza el mayor número posible de sabores de nieve.

- ¿Cuántos sabores son? – quizá se pregunte algún lector sosteniendo con entusiasmo su cuchara.

Si uno acude a la wikipedia para averiguar sobre la Feria de la Nieve se va a encontrar con una exageración: “esta festividad coincide con la semana santa, siendo su atractivo principal la producción de miles de litros de nieve de miles de sabores.”

Yo las veces que he ido no he contado “miles de sabores”, pero sí decenas (aquí hago un paréntesis para limpiar el teclado de baba que se me ha caído al acordarme de las nieves de óreo y arándano).

En mi experiencia nomás he encontrado 3 sabores que no volveré a probar por lo simplón: ostión, cerveza y kiwi. El resto de las nieves va de lo sabroso a lo sublíme. En la mayoría de los puestos pueden pedir probetes “sin compromiso” así que no hay excusa para no atender esta consigna: si no le dan al menos dos repasadas a la treintena de puestos en los que consiste la feria es como si no hubieran ido.

Nota: Hay posibilidades de que se les duerma la lengua por el frío. Así no van a distinguir bien los sabores. Si les pasa eso hagan una pausa, bebiendo un buche de agua simple.

Ahora bien, hay dos consecuencias inmediatas de una visita a la feria de la nieve. Uno sale de la feria,

a) lo suficientemente hidratado como para cruzar de ida y vuelta el desierto del Gobi, y

b) ahíto como para no volver a comer algo en las siguientes ocho horas.

¿Y cuál es la mejor forma de aprovechar esas consecuencias? Sencillo, yendo a visitar la Isla de las Muñecas.

Mis parientes querían subirse a una trajinera, así que en el trayecto de regreso de la Feria de la Nieve, paramos en Xochimilco después de notar que buena parte de los chilangos que no habían abandonado la ciudad tenían intenciones similares.

Una vez que encontramos estacionamiento y fuimos conducidos por una trampa de turistas ambulante una promotora cultural de Xochimilco a uno de los embarcaderos dije: “quiero ir a la Isla de las Muñecas”.

- Es un recorrido de cuatro horas, señor. La hora cuesta 200 pesos.

Estuve a punto de replicar que haríamos el paseo a nado pero me acordé que llevábamos, entre los cinco, aproximadamente un tinaco de nieve en la panza.

Juntamos carteras para que en bola ya no se sintiera tan oneroso el robo y nos dispusimos a pasar las siguientes horas en los apacibles canales de Xochimilco.

Nuestra intención se cumplió a medias porque dos de esas horas las pasamos chocando con otras trajineras repletas de fiesteros en lo que llegábamos al punto donde un elevador de trajineras nos pasaría a los canales menos profundos y que conducen a la mentada Isla de las Muñecas.

¿Qué es la Isla de las Muñecas? Va la versión corta, es una chinampa que perteneció a un señor llamado Julián Santana Barrera quien tuvo la ocurrencia de poblarla con muñecas de plástico que se encontraba flotando en los canales o que la gente le llevaba. De acuerdo a la historia, que a cambio de 10 pesos por persona cuentan los descendientes de don Julián en una choza tapizada de pura muñeca desechada, esos afanes coleccionadores servían para apaciguar la aparición espectral de una niña que se había ahogado por aquellos rumbos.

- ¿Cómo es que unos canales cuya extensión navegable suma ciento ochenta y pico de kilómetros y que han estando habitados por centurias tienen una sola historia sobada de niña ahogada? – pensé muy decepcionado.

Como sea, el resultado es que la chinampa de don Julián es espeluznante y un negocio para sus descendientes que procuran mantener la chinampa repleta de muñecas colgando de los árboles o adornando las paredes de galpones umbríos. Hay visitantes que quedan espantados y desconcertados con la decoración. Admito que a mí también me espantaron las muñecas, pero no porque fueran talismanes horripilantes contra ahogadas sobrenaturales, sino porque estaban hechas un asco. Poco faltó para que me pusiera yo a limpiarlas a manguerazos.

Para regresar al embarcadero, van a pasar por el canal de Apatlaco. Mencionen a su remero de confianza que desean detenerse en la chinampa que sirve como Museo y Centro de Crianza del Ajolote. Van a aprender que loa ajolotes son unas criaturas a-som-bro-sas que no se metamorfosean en salamandras debido a la ausencia de una hormona tiroidal por lo que pueden llegar a ser adultos con todo y branquias. Si uno les inyecta yodo puede atestiguar como un individuo de una especie se convierte en uno de otra especie al cabo de unas pocas semanas, lo que siempre es un bonito revire para esos negacionistas de la teoría de la evolución. Otra característica notable de los ajolotes consiste en que tienen una capacidad regeneratoria que haría chillar a Wolverine de envidia. El punto bajo de esta historia ajolotal es que casi están extintos porque a alguien se le ocurrió rellenar los canales de Xochimilco con tilapias y carpas.

Es notable lo que uno aprende cuando accede a los deseos, aparentemente necios, de sus parientes.

Vayan, pues.

One Comment

  1. Chida la muñeca Cabbage Patch. Ésas son terroríficas hasta nuevecitas y relumbrantes. Eso me recuerda que, cuando estaban de moda, a algún emprendedor gringo se le ocurrió sacar unos chicles con estampitas de los Garbage Pail Kids como parodia, con imágenes gore bastante grotescas, al estilo “Happy Tree Friends”, y se decía en ese entonces, antes de la proliferación de Internet en México, que grupos de padres “buenas conciencias” habían conseguido que la SEP prohibiera su venta, lo que ni siquiera sé si es posible.

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