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Linken Brust Cuando llueve en Perugia

28 February 2009 174 views 3 Comentarios Autor: Linken Brust

Con el riesgo de que este primer post parezca una versión italiana de la más reciente publicación de Rox, me atreveré a platicarles de la vez que prácticamente fui salvado por un italiano y un colombiano.

A la mitad de mi tour italiano fui a Perugia, una pequeña ciudad en el centro de Italia, con la única diferencia que ahora llegaba completamente sólo; no viajaba con nadie y no llegaría con nadie. Solamente mi maleta (que traía las cosas suficientes para sobrevivir un mes) y un papelito con la dirección del Hostal que decía “Via Bontempi, muy cerca de La Fontana”.

Salí de Arezzo y fue una hora y cachito de viaje para llegar a Perugia. Todo parecía perfecto, pero empezó a nublarse. “Una simple lluvia no hizo daño a nadie”, pensé. Pues sí que lo hizo. Cuando llegué a la estación del tren tuvimos que atravesar las vías “como no era debido”, pues la escaleras para pasar por debajo de ellas estaban completamente inundadas (no sólo se mojarían los tenis, la altura era suficiente para mojar hasta los calzones). Después de un tour perfecto, esa lluvia que no paraba marcaba el inicio de lo que sería el peor día del viaje completo.

Algo que se debe saber es que Perugia es una ciudad medieval de las clásicas italianas que están en la montaña, por lo que “ir al centro” es lo mismo que “subir al centro”.

Pues la subí. Una vez que bajó la lluvia tuve que largarme de la estación por unos vagabundos que me empezaban a ver un poco extraño. Para acabarla de joder era domingo y nadie me podía dar informes. Vi ahí un mapa y me creé una ruta virtual, dando por hecho que después me toparía con otro mapa. Error! Empecé subiendo… y subiendo… y… bajando? Luego subiendo otra vez. Estaba perdido.

La recompensa al sufrimiento

La recompensa al sufrimiento

Para no hacerla de cuento, estuve más de 2 horas dando vueltas con mi maleta de 20kg y mi mochila de no menos de 5; mojado, y esta vez no era sólo por la lluvia. Preguntaba a la gente por la calle y sólo me perdía más y más. Los primeros 30 minutos uno dice “Bah! Tranquilo, disfruta de la vista y conoce”. A la hora y media estaba que me llevaba el carajo. Para las dos horas y cuarto sólo quería descansar y llorar. Y fue lo que hice, pero no me dio tiempo de llorar. Encontré un lugar con una excelente vista y me recargué, cuando vi a dos tipos platicando relajadamente. Con mi cazzo de italiano les pregunté por el hostal y la calle. Uno de ellos me preguntó que si hablaba español. Estaba casi salvado! Era un colombiano. Me dijo que conocía un hostal muy cerca y me llevaron casi de la mano.

Ya que llegamos (estaba a 2 min. del mero centro…) me esperaron afuera para que les avisara si sí era. Pregunté por mi reservación y, en efecto, ahí era. Estaba salvado. Les avisé y me dieron sus teléfonos. Para esa noche cené la mejor pizza de toda mi vida, con un riquísimo vino tinto y me semi-emborraché solito en las escaleras enfrente de la fontana donde mi papá me contaba sus aventuras de cuando vivía ahí.

Haber conocido por accidente a estos dos tipos fue de lo mejorcito de mi estancia en Perugia, pues a los días siguientes, el chico italiano (que para variar, se llama Francesco) me invitó a una muestra de cine en la Universidad, pues su trabajo era proyectarlas de noche en un lugar al aire libre con una vista panorámica increíble, donde apenas se podían ver las luces de Assisi en las montañas y algunos otros pueblos más pequeños. No recuerdo el nombre de la película, pero fue muy buena. El compa colombiano me disparó unas cuantas cervezas y una pizza.

A diferencia de en Roma, en el hostal de Perugia no hice muchos amigos más allá de los que conocí en plena calle. Excepto por un chico extraño, era alemán pero para mí era casi igual a un amigo francés. Llegó al hostal mientras yo descansaba y me ofreció ir a comprar pasta y prepararla. Fuimos al “super” más cercano, compramos penne y un frasco de pesto de Barilla y la preparamos mientras un francés con boina y pelos chinos hacía un dibujo del paisaje que se veía por la ventana de la cocina y una chava lavaba lo que acababa de utilizar.

La Fontana

La Fontana

Para el tercer día en la ciudad ya me sabía mover casi perfectamente, lo que hizo darme cuenta de la gran idiotez que cometí. En Perugia existe el “MiniMetro” que, entre sus líneas, tiene una que va desde la estación del tren hasta una calle a 3 minutos del hostal por solamente un euro y el recorrido no duraba más de 5 minutos. En mi trayecto a pie gasté por lo menos 3 o 5 euros en agua y, como ya comenté, fueron aproximadamente dos horas y media.

Viajar solo puede traer muchas sorpresas. Llegas solo a la ciudad y cuando te vas, te das cuenta que dejas atrás a personas que cambiaron totalmente el sentido de tu viaje. Uno de esos días pasé uno entero con la familia Giometti, antiguos amigos de mis papás (hace más de 25 años que no se ven), les caí de sorpresa y me prepararon un manjar de comida, me llevaron a visitar unos 5 pueblos cercanos y todavía me quedé a cenar.

La hospitalidad que te brinda alguien que no te conoce puede sorprender demasiado, y la velocidad en la que cambia de color tu viaje gracias a esas personas es aún más impactante.

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Otra crónica en: La Iglesia de San Hipolito en día 28

En el mismo mapita: Europa, Europa, Italia

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3 Comments »

  • controlzape said:

    Chida crónica. Esos encuentros solidarios con otros viajeros rulean.

  • mrtnclzd said:

    bah, todo por no ir preparado.

  • Prox! said:

    Buena crónica. Al final de esas experiencias es común pensar cosas como “de no haberme perdido, no hubiera ocurrido tal cosa o no hubiera conocido a esas personas”. Y eso nos orienta a ser solidarios cuando estamos del otro lado.

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