El Oro
Cuando escribí de Real del Monte, una avezada comentarista dijo que debía ir a conocer El Oro (que es otro pueblo minero, este situado en el Estado de México) y mi esposa se entusiasmó con la sugerencia. El primer paso que dió para ese viaje consistió en comprar una de esas revistas de México Desconocido.
A México Desconocido le encuentro una gran virtud y un gran defecto. La virtud es que en pocos y cortos párrafos enumera los sitios de interés de algún destino. El defecto se debe a que las fotos que ponen para ilustrar son tan preciosistas que a la hora que uno llega a contemplar con sus propios ojos la cosa real, se queda pensando “necesito ir al oculista”, o bien “creo que dí una vuelta equivocada y me encuentro en otro lugar porque este que estoy mirando es horrible”.
Para llegar a El Oro hicimos el siguiente trayecto:
Nos subimos a un patas de hule y salimos temprano rumbo a Toluca. Paramos a desayunar quesadillas en la Marquesa (ojo a la hora de elegir el puesto, que esa zona ya se ha convertido en trampa de turistas). En Toluca, seguimos las indicaciones hacia Atlacomulco. Mi esposa trató con tiento el acelerador pues entre Toluca y Atlacomulco hallamos zonas con mucha niebla. En Atlacomulco seguimos las indicaciones que decían El Oro. Nos sorprendimos de pasar por tanta caseta de peaje.
Durante el trayecto yo iba mirando el paisaje y examinando pinos y oyameles, mientras mi conductora iba agarrada al volante con todas sus fuerzas para no salirse del camino gracias a las reparaciones que estaban efectuando a la carretera.
Comenté sobre la otra alternativa para llegar a El Oro. Esta consiste en apersonarse en la terminal de autobuses poniente en Observatorio, subirse a un TMT-Caminante que diga “a El Oro” e irse muy a gusto viendo películas horribles.
- ¿Y hasta ahora me lo dices? – me reclamó mi esposa entre brincos.
Nos ofuscó tanto letrero de que ya estábamos en el El Oro cuando a nuestro alrededor veíamos cerros y árboles, pero fuimos tercos, continuamos y encontramos la entrada al pueblo: un arco con un frontón garigoleado, una larga calzada y luego una subida. Tiempo aproximado entre la cd de México y El Oro: 3 horas con todo y parada en La Marquesa.
Pocas cuadras después de pasar por la terminal de autobuses arribamos a una plaza que luego supimos que se llama jardín Madero. Tiene un kiosco en medio y puestos de feria adormilados en los pasillos del jardín. Dejamos el patas de hule frente a una ferretería.
Preguntamos para dónde quedaba el Palacio Municipal. Una perla arquitectónica del neoclásico con elementos de artnuvó y etcétera. Un orense (así se les dice a lo habitantes de El Oro) nos indicó que estábamos a 200 pasos.
Llegamos al Palacio Municipal, lo contemplamos un rato y entramos. Miré el mural casi naive que ilustra, en la entrada del edificio, el pasado minero de la población y sus épocas de mayor bonanza, allá por tiempos porfirianos.
Buscando la oficina de turismo fui a dar a la azotea, donde me asomé a la Sala de Cabildos y luego a la calle. Desde ahí ví que estábamos a 10 pasos del Teatro Juarez, en el que se dice que cantó Caruso (una gran mentira nos diría después el genial guía del Museo de la Minería).
Salimos del Palacio Municipal y nos encaminamos al teatro. Estaba cerrado. Mientras mi esposa tomaba fotos llegaron unos a abrir el teatro que está en reparación y aprovechamos para entrar sin pedir permiso. Nos paseamos por los pasillos laterales y leímos sobre las paredes las obras que se han presentado ahí. El interior es más sobrio que el del teatro del mismo nombre en Guanajuato.
Saliendo del teatro, consultamos nuestra lista de lugares de interés y descubrimos que ya habíamos visto una tercera parte y apenas había transcurrido media hora de nuestro arribo.
En este punto, si van pensando como algunos chilangos idiotas que conozco, que los viajes son para que uno se entretenga, quizá miren enfurruñados el lugar y digan “ash”. En cambio, si van con ánimo exploratorio se van a llevar buenas sorpresas.
A un costado del Teatro Juarez está el mercado y frente al mercado está la antigua estación de tren a Tultenango (que dejó de funcionar después de que un tren lleno de pólvora explotara en aquél extremo de la vía). Cruzando la calle hay un vagón de tren que han habilitado como el restaurante de postín de El Oro. Se come bien ahí pero creo que se come mejor en el mercado.
Mi esposa preguntó en una tienda cómo hacer para llegar al Museo de Minería y regresó con indicaciones que contradecían a las de un letrero que decía para dónde quedaba el museo. Seguimos la flecha del letrero.
Pasamos por unas canchas. A lo lejos admiramos un enorme tiro de mina antiguo, hecho de madera. Preguntamos a unos señores que estaban preparando las viandas para los asistentes al juego dominical de beisbol si íbamos en la dirección correcta al museo y seguimos caminando. Al cabo de un trecho vimos que el camino que llevábamos acababa en las faldas de un cerro. Volvimos a preguntar a una orense asomada a la puerta de su casa y nos dijo que subiéramos por una calle en ruinas a la lateral que habíamos abandonado.
Mientras trepábamos descubrí la casa en la que quiero vivir de ahora en adelante.
– Vamos a comprarla – le propuse entusiasmado a mi esposa. – La dejamos igualita por fuera y nomás remodelamos por dentro. El aspecto tétrico que tiene servirá para espantar a las visitas inorportunas.
Mi esposa nomás me dió el avión.
Caminamos quinientos metros más y hallamos la entrada al Museo de la Minería. Vimos a dos perros a la entrada y a un bulto vestido de azul hecho bola en uno de los cuatro cuartos del museo. Íbamos a entrar al cuarto más alejado cuando el bulto azúl se incorporó. Era el vigilante y guía del museo. Se talló los ojos y en la siguiente media hora aprendimos gracias a él un chingo de El Oro: vimos fotografías de las épocas de bonanza (“aquí era una ciudad muy cosmopolita, encontrabas cosas que no hallabas ni en la cd de México” nos dijo el guía), examinamos la nómina de los mineros de la Oro Mining & Railway Company Limited, vimos antiquísimos aparatos médicos traídos por las compañías inglesas para atender las decenas de accidentes díarios, leímos del pasado mazahua de la región, contemplamos los planos de los cortes transversales de las interioridades socavadas del pueblo, nos asomamos al boquetón que era antes parte del tiro de la mina (el museo está emplazado en lo que fue la mina La Providencia), admiramos una colección mineralógica con piedras que nomás había yo visto en el Museo de Geología de la Santa María La Ribera (sólo faltaban unas sideritas para rivalizar).
Antes de irnos del museo el guía, amabilísimo, se ganó a mi esposa:
– Muchacha llévate estas piedras – dijo el guía, entregándole a mi esposa (a quien no muchachean desde hace una década) 250 gramos de cuarzos y piritas.
Regresamos al centro del pueblo por un camino empedrado y descendente. Salimos a una plaza donde está una iglesia amarilla dedicada a la Virgen del Perpetuo Socorro y regresamos a la calle del vagón restaurante a tomar nuestro segundo desayuno y a comprar, en la tienda de artesanías cercana, un licor que me habían recomendado mucho llamado La Chiva.
Dejamos para una próxima visita la presa Brockman (construida por un alemán industrioso que se forró al proveer de energía eléctrica a las compañías mineras) y el centro de artesanía mazahua. Regresamos a la cd de México concluyendo que ese pueblo minero ruinoso y sus glorias pasadas nos cuadraron más que Real del Monte y sus pastes exquisitos.
pd1. La casa en la que quiero vivir resultó ser la bodega de trebejos y maquinaria de la Oro Mining & Railway Company Limited. Lo cual la hizo más atractiva para su valedor.
pd2. Los efectos etílicos de La Chiva están sobrevalorados. Ni cosquillas me hizo. Quizá sirva de enjuage bucal.
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Más de lo mismoOtra crónica en: Argentina, una primera mala impresión.

















El Oro me gustó más que Real del Monte, además creo que hicimos 3 hrs por los tramos en reparación, estimo que cuando éstos ya estén reparados, el tiempo disminuirá probablemente a 2hrs y media
La chiva creo que es un licor pal desempanse, medio amarguito pero sabroso. Falta probar el de zarzamora
Se me hace que por acá el Oro está mas cerca, hay una carreterita que entronca a Atlacomuco. Lo malo es que no pasa por la Marquesa, cuyas quezadillas se me acaban de antojar y hacer triste mi mañana.
Excelente crónica!
Esos son los recorridos que me gusta realizar, gusto que me inculco mi finado padre.
Al ver las fotos de las construcciones me acorde de mi viaje a Creel. Saludos man
… las fotos que ponen para ilustrar son tan preciosistas que a la hora que uno llega a contemplar con sus propios ojos la cosa real, se queda pensando “necesito ir al oculista”, o bien “creo que dí una vuelta equivocada y me encuentro en otro lugar porque este que estoy mirando es horrible”.
Pues tú andas igual. Las fotos se ven chidas y ahora temo que, si voy, me lleve el chasco.
Ya en serio, se ve interesante. Y como bien dices, hay que visitar esos lugares con ojo curioso, con la seguridad de que siempre encotraremos algo que los turistas bisoños nomás no captarían jamás.
Está padre el camino Toluca-Atlacomulco, nomás que tiene bastante tráfico por todos los vehículos que vienen del Norte a Toluca y quieren darle la vuelta al DF. De hecho, el tramo Atlacomulco-Querétaro (que al final se fusiona con la carretera DF-Qro), que es el más pintoresco porque sí se trepa a los cerros y está lleno de curvas, despeñaderos y camiones a vuelta de rueda, está siendo ampliado a 4 carriles. Todo esto me consta porque hace pocos meses fuimos un amigo y yo en su camioneta a recoger unos tiliches que me estaba cuidando mi hermana en Metepec. El trayecto fue bastante pesado (poco más de 9 horas en cada dirección), pero aún así me gustó mucho el tramo Qro-Toluca. Ahora tengo que volver a ir por allá a conocer El Oro.
De ese tipo de poblaciones hay bastante aquí en el Estado de Zacatecas, que después de ser tan importante por el rollo de la minería, el único lugar donde se sigue llevando a cabo es en Fresnillo y la ciudad de Zacatecas ha pasado de ser ciudad principal (recordemos la toma de Zacatecas en la revolución) no es ahora más que un pueblo grande con una zona colonial bonita que le da para vivir del turismo y los servicios, pero que hace mucho dejó de ser productiva. Y el estado es de los más fregados del Norte, con la más alta incidencia de migración a los USA creo que después de Michoacán, y la cosa se va poner aún más fea con el asunto de la crisis económica y la disminución de las remesas. El poblado casi fantasma que se me vino a la mente con lo de El Oro es Concepción del Oro, Zac., que aunque queda de pasada al ir para Saltilllo, la carretera no pasa directamente por la población, así que no la conozco ni de pasada, pero el otro día veía un reportaje/documental local sobre ella y se ve interesante. Y aquí en el estado vecino tenemos a Real de Catorce, SLP. Cuando vivía en Saltillo, la gente acostumbraba hacer peregrinaciones para allá en tren, para el día de San Francisco de Asís, y en los años 70 había habido un descarrilamiento, con muchos muertos, razón por la cual una vez hice enojar a una casera al comentar “Por lo visto San Francisco no los cuidó bien” ( la pobre señorita -de las de antes- era muy católica, pero pensaba que María Magdalena y la Virgen María eran hermanas).
Que buena crónica, pero las fotos también se ven hermosas, confío que yo no tenga que ir al oculista.
Acabo de ver en una de las fotos que tomé, que la iglesia no es amarilla, es rosa con cúpulas azules, y eso sí, tiene su barda amarilla. Por si quieren verla: http://www.flickr.com/photos/la_lupe/3681227265/
Me encanto leer su reseña sobre el viaje a El Oro de Hidalgo, pueblo del cual soy oriundo. Es gratificante escuchar cosas tan buenas del lugar en el cual tuve la fortuna de vivir. Agradezco su generosidad al compartir su experiencia y el respeto que da al patrimonio cultural de cada lugar que visita. Le envio un cordial saludo!
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