Life on airports…
Parte esencial de los viajes, son los aeropuertos. Lo confieso: soy una odiadora/amante de los aeropuertos. Comencemos por la primer parte: ¿por qué odio los aeropuertos? Porque las aerolíneas tienden a perder el equipaje, los vuelos tienden a salir a tiempo cuando una va retrasada o tienden a salir retrasados, pero no lo suficiente como para tomar una siesta.
Mi travesía del jueves/viernes pasado, por ejemplo. Tomé cuatro aviones para llegar a mi destino. Para un total de casi 17 horas de vuelo. MEX-LAX-SEA-ANC-FAI.
Además, pasar migración es un martirio. Ya sea que te toque un agente platicador, que si bien son agradables, te preguntan TODO, o un malencarado, maleducado, desconfiado y encima LATINO que se cree muy “above you”, por ser latino pero trabaja para migración. ASSHOLES. Antier me tocó uno de esos. ¿A qué vas, por cuánto tiempo, si vas a la competencia dónde está tu invitación? ENCIMA, me puso sólo tres meses de visita en mi pasaporte. JAJA, claro wey, lo que digas.
Luego viene la interminable espera por el equipaje, cuando por una conexión, uno debe de documentar nuevamente. Ahí es donde el error humano se presenta y las consecuencias son la pérdida de las valiosas pertenencias personales. Eso me pasó en un viaje de pánico de Orlando a Miami. Por andar por las primas… perdón, las prisas, no me esperé a que mi maleta pasara por los rayos X y terminó perdida en el limbo. Finalmente fue bueno, porque si no hubiera pasado, yo hubiera tenido que pagar sobreequipaje dos veces. Sólo lo hice una vez, así que vivir sin ropa “normal” por dos días, no fue nada comparado con pagar 80 malditos dólares por cuatro kilos de más (después de sacarle tres de puro “chopin”).
Paréntesis… (los huéspedes de la habitación sobre mí están dándole duro y sabroso, hasta acá escucho la cabecera golpeando en la pared).
Cuando uno viaja con mil ocho mil conexiones y tiene que cambiar de aviones constantemente, tal vez se tenga que enfrentar con que no hay suficientes salas disponibles y va a tener una que caminar del avión a la terminal. Esto no sería incómodo de no ser por el clima extremo que en algunas zonas de este amplio planeta se experimenta. Pero hay casos en que el aire frío o una ligera nevada chingaquedito, incluso sin nieve, pero con resbaloso hielo en el suelo, extreman la situación.
Yo no sé ustedes, pero a mí me encanta ser esa persona que no se nota que lleva horas viajando. La que va impecablemente arreglada, sin marcas de la almohada, sin la modorra evidente, incluso se da el lujo de ir en tacones… bueno, eso último ya es exageración, jamás haría un viaje de más de cinco horas en tacones. Bueno, pero me desvié. Como decía, me gusta NO perder el glamour en las pistas. Peinado y maquillajes impolutos, equipaje de mano en completa coordinación con el guardarropa y una sonrisa amplia y cálida. Nada de caras de “se me va el avión” o “me faltan muchas horas de sueño”.
Incluso cuando tener que dormir en la sala de espera es una necesidad, considero muy personalmente que una no debe perder la calma. Hay gente que se acomoda olímpicamente en el suelo e incluso se saca los zapatos. WTF!! Eso definitivamente no va con el estilo de vida de un viajero. No estoy diciendo que uno debe sacrificar la comodidad. ¿De cuándo acá el suelo es más cómodo que una mullida fila de asientos de vinipiel moderadamente acolchonados? Más bien, la pena hay que quitársela para abusar de estos espacios, subir las piernas y acostarse una, cuando es necesario, a lo largo y ancho de dichos sillones, con la mochila como almohada, de ser posible, hasta que el avión llega.
Cuando una lleva mucha prisa, creyendo que va a perder el vuelo, no se preocupen: tres minutos no harán la diferencia. Una de dos: o el avión se espera 10 o 15 minutos a que el último pasajero llegue (finalmente, SIEMPRE hay un último pasajero, qué más de que una lo sea), llegando “fashionably late”; o el avión te deja. Y si te dejó, pues qué chingados, no hay que hacer corajes, uno se arruga. Nomás hay que ver a la asiática esa que hasta en las noticias salió por berrinchuda.
Cuando no hay prisa alguna, lo padre es que uno puede rondar por el aeropuerto. Ya sea salir a fumar un cigarro, pasearse por las tiendas o comer algo, las posibilidades pueden ser infinitas, a menos que vuele uno a horas indecentes, entonces lo más probable es que sólo se encuentre el Starbucks abierto.
¿Lo mejor, si me preguntan? Llegar a destino y encontrar a un amigo esperándote.

En las áreas de inmigración a mi me gusta contemplar a los perros que tienen. En el aeropuerto de Montreal ví un perro más grande que yo y me lo imaginé atacando a algún turista chaparro y despistado.