Real del Monte
Era domingo en la madrugada cuando mi esposa me subió a su coche con promesas de gran diversión. Como traía medio dormido mi escepticismo- y todo lo demás- la dejé hacer. En muy poco tiempo salimos de la ciudad de México por Indios Verdes, rumbo a Pachuca.
Nos amaneció en el camino y pudimos contemplar la aridez del campo mexicano. Al llegar a Pachuca seguimos los letreros que decían “La ruta de la montaña”.
- Vamos a morir – dije al ver tanta curva, tanto barranco y tantas cruces en la mentada ruta de la montaña.
- No vamos a morir – dijo mi esposa que iba al volante.
- ¿Nunca?
- Bueno, sí. Algún día.
- ¿Hoy?
- Cállate, que me pones nerviosa.
Llegamos a la cima de la montaña y comenzamos a bajar. Pasamos por un pueblito. Aún era muy temprano y había poca actividad de los lugareños. Los pocos que vimos estaban envueltos en gruesos sarapes. Eran los primeros días de febrero y hacía frío.
Arribamos a Real del Monte. Había transcurrido una hora desde que salimos de la ciudad de México. Mi esposa dejó el coche en un estacionamiento enorme y vacío. Al abrir las puertas nos felicitamos por llevar puestas las chamarras que compramos en un momento de obnulación creyendo que íbamos a escalar el Iztaccíhuatl.
- Tengo hambre – dije.
- Vamos a desayunar pastes. Te van a encantar – dijo mi esposa, feliz.
Caminamos hacia el centro. A esa hora el pueblo es muy apacible. No hay turistas abarrotándolo y la mayoría de los nativos, supuse, apenas estaban quitándose las torres de cobijas con las que han de dormir antes de prepararse para recibir a los visitantes.
Durante la caminata contemplamos las casas de colores, sus tejas y sus paredes gruesas. Las calles estaban vacías y muy limpias. Mi esposa, que ya había ido, me explicaba que estábamos en un pueblo minero y que no muy lejos había un panteón inglés muy bello y muy bien conservado, construido por la compañia británica que arrendó la explotación de las minas durante el siglo XIX.
Llegamos al centro. Vimos su plaza diminuta y los portales. Hallamos un lugar de pastes abierto. “Desde 1975″ decía el letrero. Entramos. El dueño regañó a sus empleados para que nos atendieran. Cinco minutos después teníamos frente a nosotros un plato de pastes.
Los pastes, para quien no los conozca, son empanadas hechas con pasta hojaldrada y rellenas de diversos guisos. Hay pastes salados y dulces. De carne con papa, de piña, de frijol, de arroz con leche, de mole verde, de picadillo, etcétera. Los que venden en Real del Monte no son como las caricaturas de pastes que encuentra uno en las centrales de autobuses de la ciudad de México. En Real del Monte rellenan tan bien los pastes que con tres queda uno satisfecho. Dicen los enterados que los pastes son invento de los mineros ingleses y que eso es lo que comían en su durísima chamba.
Después del desayuno entramos a la iglesia frente a la plaza. Leímos los letreros con indicaciones para los visitantes.
“Apague su celular y encienda su corazón”.
Hice caso omiso de la instrucción y entré. Ví una estatua de un santo y le tomé una foto. La títulé “El milagroso talibán de las cintas de colores”.
Caminamos por las calles empinadas del centro. Nos encontramos a un grupo notable. Un señor iba al frente de varias mujeres. Las mujeres resoplaban cargando sendos fardos y paquetes mientras el señor, que nada más cargaba la ropa que llevaba puesta, les gritaba que se apuraran.
- ¡Qué señor tan cabrón! – exclamamos mi esposa y yo por distintos motivos. Ella lo dijo con indignación y yo con admiración, pensando que ese señor se merece un monumento en estos tiempos tan agitados de equidad de género.
Llegamos a las inmediaciones del mercado y del monumento al minero. En la calle principal estaban alzando los puestos del tianguis dominguero. Las tiendas establecidas comenzaban a abrir. Mi esposa entró a uno de los talleres de platería.
Al cabo de unos minutos salió muy contenta pues había arreglado a un precio razonable que le hicieran el anillo de Galadriel del Señor de los Anillos.
- Lo tienen listo en tres semanas – anunció.
Regresamos al coche y seguimos uno de los letreros que decía “Mina de Acosta” que antaño fue parte de las decenas de minas de la zona y que actualmente es museo de sitio.
Al llegar pagamos la tarifa de entrada y nos unimos a un grupo guiado por un descendiente de los antiguos mineros. Nos enseño la maquinaria, el chacuaco (la chimenenea) y el tiro. Nos atavió con casco y casaca y nos hizo entrar a un socavón horizontal que se internaba 400 mts en el cerro. Muy oscuro, muy frío y muy húmedo. Reflexionamos sobre las condiciones de trabajo de los mineros que permanecían más de doce horas seguidas picando piedra en tiempos de Pedro Romero de Terreros (un grandísimo ladrón del siglo XVIII famoso, entre otras cosas, por fundar el Monte de Piedad).
Mientras los demás visitantes se tomaban fotos subidos en las impresionantes máquinas de la mina, mi mujer y yo leímos en la antigua oficina de la mina sobre la historia de la explotación minera del pueblo. Aprendimos de huelgas, de minería y de fracasos.
Compré un pedazo de pirita y regresamos al centro de Real del Monte para comer. Lo encontramos transformado y descompuesto. La plaza estaba inundada por visitantes, por las calles corría un río de turistas y circulaban a claxonazos coches con placas de chilangolandia.
Comimos y antes de regresar a la ciudad de México ahuyentados por los turistas chilangos preguntando ¿qué hay que ver aquí? hicimos promesa de regresar a Real del Monte para visitar lo que nos faltó ver: el panteón inglés, las peñas cargadas y el museo de medicina laboral.
No hemos cumplido esa promesa.
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Sí! es una promesa que hay que cumplir!
jajajaja la reflexión del rol del género esta genial.
Y si, varios hidalgueses me han dicho que los pastes de la central son una mentada. Habrá que probarlos..
Si creen que los “pastes” de la central son una mentada,esperen a probar los que venden algunas estaciones del metro.
¡Se me antojaron los pastes! Cuando yo estaba en el doctorado, por Avenida Politécnico vendían unos muy buenos (a mí me encantaban los de frijoles). Quién sabe si todavía exista el negocio. Nunca se me había ocurrido que el término “paste” fuera un anglicismo, pero tiene sentido, ya que la palabra inglesa para la hojaldra es “pastry” y se pronuncia “peistri”…
El “milagroso talibán” es San Charvel, creo que un tipo libanés del siglo XIX, que se ha vuelto muy popular entre algunos católicos aún practicantes. En la entrada de muchos templos católicos venden todo tipo de chucherías relacionadas con él (por ejemplo los listones de colores son comprados y colocados por los devotos). ¡Quién dice que en el catolicismo no hay buena mercadotecnia y productos exitosos! Otros que producen muy buenas ventas son la Lupita y San Juditas. Quién sabe si San Marcial Maciel y San Juan Pablo II logren tan buenas campañas de mercadotecnia…
Deberias darte una vuelta por el Oro, Edo. Méx. tambien fué un pueblo minero con mucha historia, cuenta con un hermoso teatro (teatro Juarez) donde cuenta la leyenda que actuó Enrico Caruso… esta el museo que no es muy visitado y el señor que lo cuida junto con sus perros es el guia, una persona de lo mas amable y atenta, me obsequio unos recibos de pago de impuestos (y yo soy abogada fiscalista!!!!) con fecha cercana al inicio de la revolucion, ademas de unas piritas, cuarzos y otras cuyo nombre no recuerdo (y a ti te las vendieron!!!) es muy distinto a real del monte, el cual, como mencionas se aperra de chilangos ademas de que televisa ya lo agarro de foro de grabacion de novelas, asi que como que ha perdido su escencia… el Oro es muy diferente. Cerquita de ahi se encuentra la presa Brockman, tambien esta muy bonito y no esta atascado de comercios y cosas asi… te lo recomiendo.
Es en realidad uno de los mejores pueblos de mexico!
Es un orgullo para mi, decir que mis bisabuelos y mi abuela materna son de aquel encantador lugar!
Mi abuelo fue minero y de ahi se ha conservado la tradicion en mi familia de hacer pastes!
Y es justo en este tema donde me gustaria hacer una aclaracion ya que los pastes originales no son de pasta hojaldrada, es simplemente harina, manteca y agua!
Y ojala q cumplas tu promesa y pronto todos disfrutemos un paste!
Siiiii!!!! Vamos a caminar al Oro!
mira chilango
hay una diferncia muy grande entre los paste y las empanadas que te quede claro.
y por otro lado si los de real del monte son nativos….. tu eres el rey de españa???ps nno seas grocero
y al que le dizez “taliban de las cintas de colores”espero y algun dia no necesites de el porque aunque no lo creas el es muy milagroso
gracias espero subas mas cosas de tu vida!
bie!
A unos 10-15 minutos de “El Real”, bajando por la misma carretera que lleva a Huejutla y Tampico, está el pueblito llamado Omitlán de las Manzanas. Nada del otro mundo (en la plaza principal no podía faltar una estatua de Miguel Hidalgo), a no ser por dos cosas: el vinito de membrillo, de tejote y de manzana que hacen los lugareños y la sopa de hongos que no tiene madre a la salida del pueblo, en un pequeña “extensión” del pueblo llamada Velasco, a la orilla de la carretera. Lo mejor es preguntar, pero las tienditas dónde venden el ‘vinito’ ese (recomiendo el de membrillo, es el más perrón) están como a 400-500 m adelante por la calle que atreviesa el pueblo, adelante de la presidencia municipal.
Y, si tienen tiempo y ganas de admirar un paisaje de bosque de pocas tuercas, saliendo del Omitlán por Velasco, a mano izquierda de la carretera en la dirección Pachuca-Huejutla está una desviación que dice “Carboneras”. Esa carreterita lleva al también pueblo ex-minero de El Chico. Suave para pueblear y admirar el paisaje.
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